Para el día doscientos y algo, la vida me parecía una
sucesión de deja vus, en los que únicamente me dedicaba a trabajar y contar las
horas que me restaban por dormir. Ni siquiera follarmela los domingos por la
tarde me causaba satisfacción. Besaba bien y se movía bien, pero muy en el
fondo sentía cierta aversión por ella. O la quería o la aborrecía, no existían
puntos medios. Necesitaba más de lo que sus piernas podían ofrecerme. Quizás
era cariño, una muestra de afecto que me hiciese sentir menos solo, menos roto,
o al menos eso creo. Quizás ese fue el problema, comerle el coño no significaba
comerme mis problemas, quizás los de ella, pero no los míos. A quien engaño, me
complacía en la cama, pero al salir de ella me dejaba sin nada.
Así transcurrió un maldito mes completo, así me resigné a
pasar el resto de ese año, pegado a un computador, trabajando para sobrevivir,
ignorando la realidad que me pinchaba por todo el cuerpo.
En fin, había cambiado mi traje de bohemio por el de un
ser corriente, sin nombre ni apellido.
La monotonia enloquece.
ResponderEliminarLa monotonia enloquece.
ResponderEliminar