martes, 15 de octubre de 2013

Los tres choros

Dicen que las cosas buenas vienen de a tres, otras veces de a siete…
Bueno, las cosas malas también vienen de a tres.

-Coño que esta ciudad es una mierda, una gran mierda. La semana pasada iba en el carro cuando unos motorizados me atracaron. Le tengo una arrechera a esos motorizados de mierda- Se quejaba Mario con sus panas del trabajo. Se quejaba porque le habían quitado el Samsung Galaxy que con tanto trabajo y sudor de sus bolas se había ganado.
-Verga marico, esa vaina como que está de moda. A mí el sábado en la tarde, venía por gato negro con la jeva ahí en la camionetica, cuando se han montado tres carajos con una pinta de drogómanos… Es que coño, yo los vi y pensé “ya está, nos robaron”

Efectivamente, José había sido víctima de uno de los escenarios más comunes en la ciudad de Caracas, famosa por su violencia, el metro y sus retrasos, entre otras cosas. Parecía una tarde tranquila, de esas en las que todo funciona bien, todo es tranquilo, todo está “de pinga”. Cómo le narraba a sus panas del trabajo, iba rumbo a su casa junto con “la flaca”, el metro estaba full, así que irse en camioneta parecía ser la mejor solución. Cuando no, el metro con sobrepoblación, falta de aire, etc.

Pero no quiero desviarme del cuento. Una vez por Gato Negro (Curiosamente un lugar de nombre funesto, el cual a mi parecer, es una de las peores partes de Caracas, donde los tukis agarran el carro “pa’ la yaplita”) iban José y la flaca en la camioneta, riendo, jodiendo, despreocupados totalmente, ignorantes de lo que verían unos minutos después. Un tipo pequeño, con esa típica pelusa que se deja crecer sobre el labio la gente rara, hablaba para sí mismo en la entrada del vehículo, lo acompañaban dos personas, un carajo demasiado normal para detallarlo, y una mujer, desaliñada, con pinta de fumona. A medida que la cola avanzaba (Que raro gato negro con cola) la gente comenzó a bajarse del carro. Los 3 antisociales en ese momento inspeccionan la camioneta, donde sólo quedan 4 pelagatos, José, la flaca, el conductor y copiloto. El de la pelusa se sienta frente a la mujer, a su vez que abre el bolso y saca un cuchillo, José y la flaca se percatan, esta lo agarra y le dice que se vayan. A medida que avanzan, la fumona, con voz socarrona grita vox populi  “Ay sí, estos creen que los vamos a robar” Bella dama, como puede uno pensar que tres tipos de mal aspecto, que esperan que una camioneta se vacíe para sacar un cuchillo, van a robarlo a uno. Por favor, esta mentalidad cochina del venezolano.

La vaina es que José y la flaca se bajaron casi que corriendo de la camioneta, donde sabrá Dios, que le hicieron la fumona, el pelusa y la sombra al conductor y a su copiloto.

-Coño José, ¡lo bueno fue que no les hicieron nada a ustedes pues!- Afirma Mario, el pana del carro.

-A mi hermano casi lo roban el fin de semana- Cuenta Marcela, la jefa de Mario y José- Si no es porque los vecinos se ponen a gritar como histéricos, a mi hermano lo dejan como colador, ahí mal pegado en el estacionamiento.

José se siente abatido, la inseguridad es un inmenso monstruo que se cierne más y más sobre Caracas. Nada lo consuela, cada día se pondrá peor. El gobierno no se inmuta, nadie lo hace. Pero es que, ¿Qué puede hacer él? No tiene armas, no es malandro, no tiene contactos. Sólo le queda resignarse, como al resto de los caraqueños, como al resto de los venezolanos. Sólo le queda esperar que “al menos las cosas mejoren” y que, de existir un Dios justo y misericordioso, le caiga a tiros a los 3 choros.


Me despido con esta tierna imagen

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