
Desde
que tengo uso de razón, me dan asco las moscas. Asquerosas dípteras con sus
enormes ojos rojos, siempre limpiándoselos después revolcarse en la mierda.
Desagradable, simplemente desagradable. Las odio tanto como odio a las palomas,
a los fanáticos religiosos (de esos que te pegan con biblias y afirman que irán
al cielo y se sentarán al lado de Chúo mientras leen el dominical) Aunque la
vida me ha enseñado que los cristianos siempre caen de pie, pero esa es otra
historia. Porque no vine aquí a hablarles de los cristianos, ni del Papa
argentino, ni de la muerte de Chávez, ni de la Champions League. No, vine a
hablar de las moscas.
¿No han vivido ese incómodo momento que cierran la puerta de
su habitación, y se encuentran en compañía de una de ellas? A mí me pasa, de
cada 9 veces, 14. No sé por qué les gusta joderme la vida. A veces, mientras
duermo, se montan sobre mí, y me caminan con sus paticas asquerosas y
repugnantes. Me siento sucia, me siento mugre. Sin embargo, me llena de alegría
el pensar que existen personas con capacidades sobrehumanas que las pueden
matar. Porque yo nunca he podido matar una mosca. Soy tan habilidosa y veloz
como una lata de Pepsi. Recuerdo que, cuando era pequeña y viajaba a coche a
visitar a mi familia paterna, mi abuela, con sus mañas y cabello canoso vivía
cazando moscas a diestra y siniestra. Era algo sumamente impresionante, de
verdad. Podías estar comiendo tranquilamente cuando “¡ZAZ!” de la nada sacaba
el matamoscas y veías a la mosca aplastada, con la mitad de sus fluidos fuera
de su cuerpo. O mientras jugabas en la computadora, y escuchabas de nuevo ese
“¡PA!” y automáticamente virabas la cabeza para confirmar, que de nuevo, la
abuela había asesinado a otra de esas maquinitas voladoras que fueron creadas
para sabrá Dios o Satanás que, porque Satanás también crea cosas.
Incluso hoy, cuando descanso pacíficamente y escucho o veo una
de ellas, entre mi arrechera y repugnancia, pienso en mi abuela, con su miopía
y su matamoscas como únicas armas.
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