Me gustaba colmarla de historias.
Historias que recordaba de vez en
cuando. Un día le dije que, el día que muriese, descendería hasta el Hades sólo
para buscarle; pero que, bajo ninguna circunstancia, debía voltear hacia atrás.
En ese momento hacía referencia a la historia de Orfeo y Eurídice. Eurídice,
Elise. Irónicamente se parecen.
Los demonios no deben estar en el
paraíso, para ellos existe un lugar reservado: el infierno. Nosotros habíamos
nacido para destruirnos mutuamente, para aniquilarnos. Habíamos nacido para que
el amor nos consumiera como el fuego de mil soles, un amor que daría paso a un
odio infinito. Yo la amaba y ella me amaba a mí. La hice mía tantas veces que había
perdido la cuenta. La misma cadena que nos unía acabaría estrangulándonos.
Elise
y Benjamin habían nacido para extinguirse. El destino los había cruzado sólo
para que conocieran el dulce-amargo sabor de la tragedia, y algunas veces, de
la comedia.
Él había nacido para hacerme sufrir
Ella había
nacido para hacerme miserable.
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