sábado, 11 de abril de 2015

Cartas para Elise

Me gustaba colmarla de historias.

Historias que recordaba de vez en cuando. Un día le dije que, el día que muriese, descendería hasta el Hades sólo para buscarle; pero que, bajo ninguna circunstancia, debía voltear hacia atrás. En ese momento hacía referencia a la historia de Orfeo y Eurídice. Eurídice, Elise. Irónicamente se parecen.

Los demonios no deben estar en el paraíso, para ellos existe un lugar reservado: el infierno. Nosotros habíamos nacido para destruirnos mutuamente, para aniquilarnos. Habíamos nacido para que el amor nos consumiera como el fuego de mil soles, un amor que daría paso a un odio infinito. Yo la amaba y ella me amaba a mí. La hice mía tantas veces que había perdido la cuenta. La misma cadena que nos unía acabaría estrangulándonos.

Elise y Benjamin habían nacido para extinguirse. El destino los había cruzado sólo para que conocieran el dulce-amargo sabor de la tragedia, y algunas veces, de la comedia.

Él había nacido para hacerme sufrir

Ella había nacido para hacerme miserable.

No hay comentarios:

Publicar un comentario