domingo, 4 de noviembre de 2012

The Picture of Bonifacio Gray

Las paredes contemplaban con asombro a Bonifacio leyendo un libro de “Magia negra, magia blanca”. Desde la mesa de su computador, la mirada de Oscar Wilde le sugería que se veía realmente ridículo con un suéter gris y medias impares. Era un domingo cualquiera, un domingo con mucho café y poco sexo. La gente solía quedar asombrada cuando le preguntaban su nombre: “Bonifacio, con B alta y c de casa”. “Oh Dios mío que pecado habrá cometido esta criatura para recibir tan grotesco nombre” o un simple “fenómeno” eran algunas de las frases que surgían en las cortas conversaciones respecto a él. Porque hablar de un hombre llamado Bonifacio no es lo suficientemente común para entrar en el “Top ten” de las pláticas caraqueñas. Poseía la belleza y gracilidad de una lata de pepsi. Era todo lo que una mujer NO podría desear. Quizás fuese eso lo que lo llevó a amar descontroladamente a Dorian Gray y a su belleza eterna.

 La idea de una juventud perenne le obsesionaba. Con belleza podía obtener todo lo que siempre quiso, mujeres, miles y miles de mujeres rendidas a sus pies. Porque algo es seguro, sino tienes dinero, al menos debes tener belleza si quieres conseguir algo relativamente bueno en esta vida. Acostumbraba a recitar las cínicas palabras de Henry Wotton por las mañanas, mientras veía terribles talk shows como Laura en América o casos de familia. Y un día, entre sus más estúpidos pensamientos se preguntó a sí mismo si podría ser como aquel del retrato, ser inmortalizado en óleo y lograr conservar un poco de vida.

 Ese frío y aburrido domingo 3 de noviembre se decidió a salir de su “madriguera” en busca de un pintor dispuesto a retratarlo. Fue así como recorrió las calles de Caracas en busca de un hombre o mujer bohemio/a, que usara los lápices y pinceles con tal maestría que su alma quedase plasmada en papel. Finalmente llegó al centro, ese lugar donde todo el mundo anda ocupado y buscando rebajas. Allí le encontró, era un hombre de unos 40 años, moreno y calvo. Sentado en las escaleras de un viejo edificio que no se puede recordar, leyendo una aburrida revista.

 -Disculpe, me encantaría que me retratara.- Le dijo con voz de niña entusiasmada por recibir su primer kit de maquillaje.

 -Son 60 bsf… Pero usted parece buena gente, así que se lo dejo en 55…

 Aún me pregunto por qué los vendedores tienen esa manía de pensar que ahorrándonos 5 bsf o 2 se convierten en Jesucristo. Fue así como inició la ardua tarea de retratar a Bonifacio. Cada uno de sus pequeños defectos, cada arruga y marca de acné debía ser perfecta. Le tomó al hombre unas dos horas terminarlo. Pagó, guardó el retrato y se encaminó a su casa. Una vez allí, observó la imagen… Era perfectamente él. Con su nariz prominente, ojos tristes y algunas marcas en su rostro. No era hermoso, en lo absoluto. Dios había sido injusto con él, no le había dado buen cuerpo, ni un buen rostro, ni siquiera un buen nombre. De repente, recordó el libro que tanto le había obsesionado. “Desearía ser todo lo opuesto a este retrato”…

 A la mañana siguiente, esperanzado por su deseo, corrió a la estancia donde yacía el retrato, sobre una mesa de madera vieja con olor a moho. Tomó un pequeño espejo en el cual pudiese contemplar y admirar su nueva belleza… Pero el destino sería cruel y le negaría tal privilegio. Para su desgracia sólo logró ver un rostro demacrado por el tiempo. La frustración le embargaba y, tomando el retrato, miró horrorizado como un rostro bello y lozano, le brindaba una cínica sonrisa.

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