La muerte de Paolo los tomó a todos por sorpresa. Tía Petunia lloraba amargamente sobre su asquerosa bufanda verde con morado. Porque si hay algo que odio de la familia Columbo, es la desagradable combinación de colores entre verde y morado, vómito y uvas. No era el más alto, ni el más vistoso, pero tenía ese tumbado peculiar de la familia, esa herencia de vaivén... Que también odio.
El mal gusto es universal. Pero en la familia Columbo es un sello. Famosos por sus reuniones en la Plaza Bolívar, atormentan a los transeúntes con sus cantos graves y monótonos. Los odio, definitivamente los odio.
Palomo no se escapa, al igual que el resto de sus parientes, se dedicaba a joderme la vida. Solía obstaculizar mi camino cuando iba rumbo a mi antiguo curso, se atravesaba y con su grotesca papada, me dedicaba canciones sin sentido, sobre sus desentonados zapatos naranjas. En muchas ocasiones, intenté tropezarlo, sin éxito. A pesar de ser desproporcionalmente grande en comparación a su estatura, era hábil.
Pero más allá de todo, la gula era su pecado. Así se vio el día que lo encontraron tieso en la plaza. Con su bufanda verde y morada, zapatos naranja, y traje gris. Aparentemente había pecado de soberbia al pensar que podía tragarse una pepa de durazno con facilidad, porque sí, porque él era nada más y nada menos que Paolo Columbo, el macho alfa, el chivo que más mea. Todo terminó en tragedia. Nadie se tomó la molestia en ayudarlo, los que por allí transitaban estaban demasiado ocupados, demasiado sumidos en su mundo. Incluyéndome. Lo vi, él me reconoció. Divisé en sus ojos desesperados, un grito de auxilio. Un grito en el que me pedía perdón por todas las veces que me hacía llegar tarde a mi destino, una disculpa por todas esas veces que su sola presencia me provocaba nauseas. Un último intento por ganarse mi cariño.
Sonreí, uno menos en la larga lista negra. La vida en la familia Columbo continúo con normalidad, siguieron comiendo y cagando mi vida. Sin embargo, nadie arrancará de mi memoria el recuerdo del conserje de la plaza levantando el cadáver de Paolo con asco, para luego dirigirse al container más próximo y arrojarlo sin piedad al fondo. Porque si hay algo que odio, son las palomas, con sus asquerosas bufandas verde/moradas, zapatos naranjas, y trajes grises.

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