domingo, 2 de septiembre de 2012

El Demonio en el acantilado


Han transcurrido tantos años desde mi creación, que difícilmente puedo recordar mi nombre. Siempre una vida diferente, una entidad diferente. Podría afirmar que soy el hijo del amor y de la ira. A través de los tiempos, empujado por mi rabia, he poseído millares de cuerpos humanos. Frágiles, ambiciosos, pero sobretodo, estúpidos. No aspiran más que grandeza cuando realmente no son nada, “sueñas con ser eminente, cuando no eres nadie”. Perdonen, no me he presentado. Recientemente soy conocido como Sergey, no soy un vampiro, mi cuerpo físico no tiene esa repugnante necesidad de sangre. Soy un ser diferente, no padezco hambre ni sed. No siento frío, y dificultosamente el fuego logra dañarme.

De mi pasado recuerdo muy poco, como les he dicho, el tiempo ha hecho estragos en mi memoria. Desde que tengo conciencia, soy “esto”. Un ser que siente desprecio por los humanos, que no hace más que dedicarse a corromperlos y acabar con eso que ellos llaman “felicidad”. A veces soy la necesidad de beber hasta perder la conciencia, otras me disfrazo de lujuria, y los incito a perderse en sus asquerosos deseos carnales. Puedo ser la desesperación que te lleva al borde del abismo… Esa voz que te susurra en tus más solitarias noches “no puedes seguir”.

Jamás he amado algo, no soy capaz de sentir empatía. Quizás sea mi naturaleza destructiva, o el tiempo que me ha incapacitado de sentir algo. Excepto… Esa calma, que me brinda ella. Muchas veces, siento que es mi custodia, mi guía. La única que comprende lo que atormenta a esta criatura, condenada a esta patética existencia. Por eso, antes de saltar a ese oscuro abismo, la observo. Antes de destruir una vida, la contemplo como si fuese lo único que realmente vale la pena. Converso con ella y le pido, que en esta noche, como todas las otras… Me cuide.



No hay comentarios:

Publicar un comentario