Han
transcurrido tantos años desde mi creación, que difícilmente puedo recordar mi
nombre. Siempre una vida diferente, una entidad diferente. Podría afirmar que
soy el hijo del amor y de la ira. A través de los tiempos, empujado por mi
rabia, he poseído millares de cuerpos humanos. Frágiles, ambiciosos, pero
sobretodo, estúpidos. No aspiran más que grandeza cuando realmente no son nada,
“sueñas con ser eminente, cuando no eres nadie”. Perdonen, no me he presentado.
Recientemente soy conocido como Sergey, no soy un vampiro, mi cuerpo físico no
tiene esa repugnante necesidad de sangre. Soy un ser diferente, no padezco
hambre ni sed. No siento frío, y dificultosamente el fuego logra dañarme.
De
mi pasado recuerdo muy poco, como les he dicho, el tiempo ha hecho estragos en
mi memoria. Desde que tengo conciencia, soy “esto”. Un ser que siente desprecio
por los humanos, que no hace más que dedicarse a corromperlos y acabar con eso
que ellos llaman “felicidad”. A veces soy la necesidad de beber hasta perder la
conciencia, otras me disfrazo de lujuria, y los incito a perderse en sus
asquerosos deseos carnales. Puedo ser la desesperación que te lleva al borde
del abismo… Esa voz que te susurra en tus más solitarias noches “no puedes
seguir”.
Jamás
he amado algo, no soy capaz de sentir empatía. Quizás sea mi naturaleza
destructiva, o el tiempo que me ha incapacitado de sentir algo. Excepto… Esa
calma, que me brinda ella. Muchas veces, siento que es mi custodia, mi guía. La
única que comprende lo que atormenta a esta criatura, condenada a esta patética
existencia. Por eso, antes de saltar a ese oscuro abismo, la observo. Antes de
destruir una vida, la contemplo como si fuese lo único que realmente vale la
pena. Converso con ella y le pido, que en esta noche, como todas las otras… Me
cuide.

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