lunes, 23 de julio de 2012

El gato en el elevador


Viernes. Sagrado Viernes. Andrea había esperado toda la semana para poder relajarse en su casa y comer como una bulímica (sin el vómito) mientras su cama la invitaba a ver películas con ella. Hacía tres días que no iba a la universidad, los profesores habían conspirado contra ella para no dar clases esa semana “Ah, ¿conque esos coño e’ madres no van a dar clases? ¡No vengo pa’ esta vaina sino hasta el lunes!” había afirmado frente a sus compinches mientras ponía cara de arrecha.
Ese viernes, como todos los viernes debía ir al centro para asistir a su curso de inglés, en el cual ya llevaba más de dos años entre retrasos y retrasos. Ese día, además del curso, debía ir a la casa de su amigo Leonardo para ayudarlo con su examen de reparación. A las 3:45 pm iba rumbo a su destino, un edificio viejo ubicado frente a un galpón donde días atrás había visto a un indigente fumándose un cigarro. “Que arrecho, no tiene ni para comprarse una empanada, pero para fumar si está en condiciones, la gente está loca” pensaba Andrea en una de sus muchas conversaciones consigo misma. La reja, como de costumbre estaba cerrada, afortunadamente un hombre con cara de culo le abrió la puerta. Ahí, frente al ascensor estaba un gato blanco con negro (blanco curtido en realidad), la chica esperó el ascensor, nada que llegaba. “Coño Andrea, son dos pisos, deja la flojera y sube las escaleras” Piso “Mezz”, piso “1”, finalmente, piso “2”. Sonó el teléfono:

-¿Alo?
-Ah, hola… Es Leonardo, estoy por la estación de Teatros, voy en camino, espérame ahí por favor.

Colgó. De la estación Teatros al edificio eran aproximadamente 10 minutos, 10 minutos que terminaron siendo una hora mientras Andrea esperaba sentada como una pendeja, con su gorrito rastafari leyendo “Solo quiero que amanezca” de Oscar Marcano. Transcurridos 5 minutos, apareció el gato, ese mismo gato blanco/curtido y negro de grandes ojos verdes. “Hola gatico” no hubo respuesta. El minino con todo el descaro del mundo convirtió las piernas de Andrea en un sofá, mientras esta le hacía cariño. “Este coño e’ madre está asqueroso, si eres mugre carajito, que desagradable eres”, no hay manera de negarlo, el gato tenía cierta personalidad descarada, fue ahí cuando comenzó a acicalarse. “Este si tiene las santas bolas bien puestas, viene pa’ que le haga cariño y se empieza a lamer todo” Andrea intentó joderlo, lo empujaba con el pie, le hundía el dedo índice en las costillas, pero el gato seguía en su faena de limpieza, una revolución encabezada por ratones podría estarse llevando a cabo, y él seguiría limpiándose y lamiéndose las bolas. Luego de veinte “mira pero que desagradable eres” el ascensor se abrió, ambos se le quedaron viendo pues estaba vacío, abría y cerraba como por arte de magia “Bien bello pues, me va a salir un espanto en esta vaina y este gato marico saldrá corriendo” Sin embargo, el minino entró en el ascensor como si fuese lo más natural del mundo. “Mira vale, bájate de ahí, misu misu” Sigo sin entender quien dijo que eso era para llamar a los gatos, pero de alguna manera funcionaba. Señor gato  bajó del ascensor, observó a Andrea con sus metras verdes, comenzó a morderla y a rasguñarla, quizás a modo de juego. Se acicaló por última vez, se levantó y sin despedirse de su compañera humana, bajó las escaleras en busca de algo interesante que hacer; pues en su mundo donde los gatos subían y bajaban ascensores, quedarse con una adolescente leyendo no era divertido.

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