Tú, que convertiste desiertos en oasis,
El príncipe que se volvió santo entre todos los pecadores,
Deteniendo inexorablemente el tiempo.
Gracias por convertir mis días en noches infinitas,
Por volver de mi mejor amiga la Soledad,
A ti debo el placer de odiar y sentir rencor.
Es simplemente gracias a ti, que puedo contestar con toda seguridad la siguiente pregunta:
¿Y a usted qué es lo que le quita el sueño?
-El café- Respondo con una amargura disfrazada de sonrisa.
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