martes, 22 de mayo de 2012

La vuelta al mundo en 9 libros


    Mi nombre es Andrea, y tengo un boleto de ida y vuelta a Narnia. Lo compré en la tienda Nachos del Sambil, es rectangular y tiene cientos de páginas. Hice la transferencia desde mi cama hasta el armario, y conocí los secretos de Aslán y sus súbditos. Disfruté de la visita al país donde los faunos son nerds y los centauros tienen depresión post-parto. Acompañando a Edmund, Lucy, Susan y Peter en su búsqueda de Simba, luché contra la malvada bruja Blanca, claro nada como mi épica batalla contra Voldy, en compañía del chico Potter y sus amigos. Tiempo después, regresé a Narnia buscando aventuras, pero me encontré con un pony parlante y un niño llamado Shasta, o Yasta, no recuerdo su nombre, el cual tenía un gemelo malvado (en realidad no era malvado).

    Luego de salir del closet, recibí una carta, 2 días después me estaba montando en el expreso de Hogwarts, con la esperanza de unirme a los mortífagos y recuperar la nariz del señor tenebroso, pero J.K Rowling me jugó una mala pasada. Era como si se orgasmeara con mi dolor, “Me encanta Sirius”, murió Sirius. Bueno aún me queda Snape, murió Snape, “Bueno, aún me quedará la esperanza de Lupin y…” Lupin murió. Adivinen, si, también asesinó a Voldemort. Bicha. Luego de superar mis terribles perdidas, decidí ir a las pirámides de Egipto en compañía de un pastor… El muchacho se llamaba Santiago si mal no recuerdo.

     Jamás saldré de nuevo con Santiago, es un imán para los ladrones. Era como si Urim y Tumim lo llevasen a Raccoon City por un lado, y a Silent Hill por el otro. Siete robos después, nos encontramos con Fátima, Santiago creyó haberse enamorado, que se iba a casar con la fulana, que le daría 4 Santiaguitos, en fin. Nos encaminamos en la búsqueda del alquimista, el tipo resultó ser un ermitaño frustrado que hablaba con palomas. Después de separarme de Santiago, creo que encontró un billete de lotería premiado. Llegué a Francia, donde coincidí con un famoso escritor, que pensaba que su mujer lo había abandonado por un Kazaco llamado Mikhail, la caraja se llamaba Esther. Al igual que mi amigo el escritor, desarrollé un Trastorno Obsesivo Compulsivo con Esther, veía su nombre en mi cereal de letras, en el shampoo, en las placas de los carros, incluso un día creí haberla visto en el metro de Caracas. Fue feo. Cuando por fin encontramos a Esther parecía una piñata, iba a tener un carajito, le había metido gato por liebre a mi amigo el escritor, me arreché con Esther.

     Disfrutando de unas vacaciones en Brasil, me encontré con una prostituta llamada María, nos fuimos a Suiza, por sus relojes y sus bancos. Ella terminó enamorándose de un pintor llamado Ralf Hart.

    Fui a las islas de Fiji en compañía de un biólogo evolutivo llamado Frank, el carajo estaba buenísimo, aunque hablaba con un Geko llamado Gordon. Recorrimos museos observando las obras de Goya, especialmente la Maja desnuda. Nos embriagamos hasta vomitar, bailamos, que tiempos aquellos.

    Me bebí un café con Vincent Van Gogh en Holanda, antes de que se volara la oreja. Conocí el mundo de Sofía, aún sabiendo que Sofía no era real, y me enseñó filosofía, me habló de Platón, de Darwin y Freud. Finalmente mi jornada concluyó en Italia, comiendo pizza con un vampiro llamado Vittorio, el cual no paraba de hablar de una mujer llamada Úrsula. 




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