Mi
nombre es Andrea, y tengo un boleto de ida y vuelta a Narnia. Lo compré en la
tienda Nachos del Sambil, es rectangular y tiene cientos de páginas. Hice la
transferencia desde mi cama hasta el armario, y conocí los secretos de Aslán y
sus súbditos. Disfruté de la visita al país donde los faunos son nerds y los
centauros tienen depresión post-parto. Acompañando a Edmund, Lucy, Susan y
Peter en su búsqueda de Simba, luché contra la malvada bruja Blanca, claro nada
como mi épica batalla contra Voldy, en compañía del chico Potter y sus amigos.
Tiempo después, regresé a Narnia buscando aventuras, pero me encontré con un
pony parlante y un niño llamado Shasta, o Yasta, no recuerdo su nombre, el cual
tenía un gemelo malvado (en realidad no era malvado).
Luego
de salir del closet, recibí una carta, 2 días después me estaba montando en el
expreso de Hogwarts, con la esperanza de unirme a los mortífagos y recuperar la
nariz del señor tenebroso, pero J.K Rowling me jugó una mala pasada. Era como
si se orgasmeara con mi dolor, “Me encanta Sirius”, murió Sirius. Bueno aún me
queda Snape, murió Snape, “Bueno, aún me quedará la esperanza de Lupin y…” Lupin
murió. Adivinen, si, también asesinó a Voldemort. Bicha. Luego de superar mis
terribles perdidas, decidí ir a las pirámides de Egipto en compañía de un
pastor… El muchacho se llamaba Santiago si mal no recuerdo.
Jamás
saldré de nuevo con Santiago, es un imán para los ladrones. Era como si Urim y
Tumim lo llevasen a Raccoon City por un lado, y a Silent Hill por el otro.
Siete robos después, nos encontramos con Fátima, Santiago creyó haberse
enamorado, que se iba a casar con la fulana, que le daría 4 Santiaguitos, en
fin. Nos encaminamos en la búsqueda del alquimista, el tipo resultó ser un
ermitaño frustrado que hablaba con palomas. Después de separarme de Santiago, creo
que encontró un billete de lotería premiado. Llegué a Francia, donde coincidí
con un famoso escritor, que pensaba que su mujer lo había abandonado por un
Kazaco llamado Mikhail, la caraja se llamaba Esther. Al igual que mi amigo el
escritor, desarrollé un Trastorno Obsesivo Compulsivo con Esther, veía su
nombre en mi cereal de letras, en el shampoo, en las placas de los carros,
incluso un día creí haberla visto en el metro de Caracas. Fue feo. Cuando por
fin encontramos a Esther parecía una piñata, iba a tener un carajito, le había
metido gato por liebre a mi amigo el escritor, me arreché con Esther.
Disfrutando
de unas vacaciones en Brasil, me encontré con una prostituta llamada María, nos
fuimos a Suiza, por sus relojes y sus bancos. Ella terminó enamorándose de un
pintor llamado Ralf Hart.
Fui
a las islas de Fiji en compañía de un biólogo evolutivo llamado Frank, el
carajo estaba buenísimo, aunque hablaba con un Geko llamado Gordon. Recorrimos
museos observando las obras de Goya, especialmente la Maja desnuda. Nos
embriagamos hasta vomitar, bailamos, que tiempos aquellos.
Me
bebí un café con Vincent Van Gogh en Holanda, antes de que se volara la oreja. Conocí
el mundo de Sofía, aún sabiendo que Sofía no era real, y me enseñó filosofía,
me habló de Platón, de Darwin y Freud. Finalmente mi jornada concluyó en
Italia, comiendo pizza con un vampiro llamado Vittorio, el cual no paraba de
hablar de una mujer llamada Úrsula.

Soy yo. Falto Fedo. Mucho Coelho. Mal visto.
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