Jamás podré olvidar el día que la conocí, un turbulento y
grisáceo 28 de septiembre. “No eres tú, soy yo” fueron las duras palabras que
recibí el día anterior de parte de mi querido ex. A veces me pregunto porque
deben recurrir a las frases clichés para acabar con una relación, ¿no podrían
terminar a la otra persona con estilo? No sé, usar algo como “La
incompatibilidad de caracteres se ha tornado sumamente insoportable, debemos
separarnos tanto a nivel físico como emocional” por lo menos hacerlo parecer
interesante. A la final tenía razón, no era yo, era su ex que lo buscaba. Como
toda buena mujer actué como si sufriera de depresión post-parto, helados,
chocolates, que dietas un coño, me sentía mal y comerlos ayudaba con mi
estabilidad mental. A la mañana siguiente, desperté como si me hubiese besado un
dementor, aparte de tener antojos un poco exóticos. Me dije a mi misma: “Mi
misma, es hora de hacer algo diferente, empezaremos comiendo arepas con ojos de
pescado.” Recorrer la ciudad me haría bien, Caracas es un excelente lugar para
distraerte, te atacaran los fanáticos religiosos, el tráfico no te dejara
pensar, en fin, habrá demasiadas cosas en las cuales pensar. Decidí irme en
metro para la Candelaria, ese lugar al cual cada vez que voy Dios se va de
vacaciones, porque la iglesia siempre está cerrada. En ese mundo de gente
estresada, hombres que tienen sida/el carajito enfermo/la mujer hospitalizada,
aire acondicionado jodido, fue donde la vi. Como diría todo buen venezolano “La
caraja tenía lo suyo”, para que negarlo, esa caraja estaba buenísima. En ese
momento yo cavilaba sobre la inmortalidad de Rodrigo, mi cangrejo Rodrigo. Ni
siquiera me había percatado que se había tomado la molestia de seguirme, a
partir de ahí se me pegó cual sanguijuela. Comenzamos a hablar, nos conocimos,
nos agradamos, nos encompinchamos. Iba a la casa de vez en cuando, en esos días
donde lo único bueno para ver es fútbol. Sus visitas se volvieron cada día más
frecuentes. De la noche a la mañana, mi casa se había vuelto su casa, lo mío
era suyo, y lo de ella, bueno, era de ella. Me hablaba a cada rato, aún me
pregunto como coño alguien habla tanta paja. Me despertaba a las 3 de la mañana
y ella ahí, al lado mío, roncando y jodiendome la vida. En mis mañanas de
cafeína, parecíamos perro y pulga. Al principio me costó acostumbrarme, pero
con los días la situación cambiaba. Ya no era molesto que viviese pegada a mi,
incluso le contaba mis anécdotas más locas, que perseguía chinos en la calle,
que me llovían pianos, etc. Aunque no
puedo negarlo, aún hay días que se pone insoportable y es peor que cualquier
mujer cuamatizada. Pero se convirtió en una gran amiga, pero cuando se pone en
modo ladilla, es inevitable no gritarle al menos una vez a la semana:
-¡Coño Soledad! ¡Deja de abrazarme!
Por eso digo que la Soledad nunca está sola, porque siempre está
conmigo jodiendome la vida.
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