domingo, 6 de mayo de 2012

La Mujer de mi vida


Jamás podré olvidar el día que la conocí, un turbulento y grisáceo 28 de septiembre. “No eres tú, soy yo” fueron las duras palabras que recibí el día anterior de parte de mi querido ex. A veces me pregunto porque deben recurrir a las frases clichés para acabar con una relación, ¿no podrían terminar a la otra persona con estilo? No sé, usar algo como “La incompatibilidad de caracteres se ha tornado sumamente insoportable, debemos separarnos tanto a nivel físico como emocional” por lo menos hacerlo parecer interesante. A la final tenía razón, no era yo, era su ex que lo buscaba. Como toda buena mujer actué como si sufriera de depresión post-parto, helados, chocolates, que dietas un coño, me sentía mal y comerlos ayudaba con mi estabilidad mental. A la mañana siguiente, desperté como si me hubiese besado un dementor, aparte de tener antojos un poco exóticos. Me dije a mi misma: “Mi misma, es hora de hacer algo diferente, empezaremos comiendo arepas con ojos de pescado.” Recorrer la ciudad me haría bien, Caracas es un excelente lugar para distraerte, te atacaran los fanáticos religiosos, el tráfico no te dejara pensar, en fin, habrá demasiadas cosas en las cuales pensar. Decidí irme en metro para la Candelaria, ese lugar al cual cada vez que voy Dios se va de vacaciones, porque la iglesia siempre está cerrada. En ese mundo de gente estresada, hombres que tienen sida/el carajito enfermo/la mujer hospitalizada, aire acondicionado jodido, fue donde la vi. Como diría todo buen venezolano “La caraja tenía lo suyo”, para que negarlo, esa caraja estaba buenísima. En ese momento yo cavilaba sobre la inmortalidad de Rodrigo, mi cangrejo Rodrigo. Ni siquiera me había percatado que se había tomado la molestia de seguirme, a partir de ahí se me pegó cual sanguijuela. Comenzamos a hablar, nos conocimos, nos agradamos, nos encompinchamos. Iba a la casa de vez en cuando, en esos días donde lo único bueno para ver es fútbol. Sus visitas se volvieron cada día más frecuentes. De la noche a la mañana, mi casa se había vuelto su casa, lo mío era suyo, y lo de ella, bueno, era de ella. Me hablaba a cada rato, aún me pregunto como coño alguien habla tanta paja. Me despertaba a las 3 de la mañana y ella ahí, al lado mío, roncando y jodiendome la vida. En mis mañanas de cafeína, parecíamos perro y pulga. Al principio me costó acostumbrarme, pero con los días la situación cambiaba. Ya no era molesto que viviese pegada a mi, incluso le contaba mis anécdotas más locas, que perseguía chinos en la calle, que me llovían pianos, etc.  Aunque no puedo negarlo, aún hay días que se pone insoportable y es peor que cualquier mujer cuamatizada. Pero se convirtió en una gran amiga, pero cuando se pone en modo ladilla, es inevitable no gritarle al menos una vez a la semana:

-¡Coño Soledad! ¡Deja de abrazarme!

Por eso digo que la Soledad nunca está sola, porque siempre está conmigo jodiendome la vida.

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