Mientras
tanto en un mundo paralelo donde las galletas cagan suspiros…
El reloj marcaba las 23:14 cuando “Jengi” terminó
de leer “Hansel y Gretel”. La idea de que esas criaturas tan horrendas llamadas
humanas devoraran edificios, le parecía tan absurda. Se veía a sí mismo como
una galleta realizada, era dueño de una fábrica de autos de gomita. Los mejores
del mercado. Sus negocios le permitían darse unos cuantos “Lujitos” como los
catalogaba él. Una mansión de chocolate por aquí, otra por allá. Sus
truculentos negocios de tráfico de azúcar ayudaban, pero claro, el no era
pendejo. El sabía cómo efectuar sus dulces movimientos. Conocía a la perfección
el mundo del comercio de la sacarosa, desde azúcar morena hasta Splenda, lo importante no eran los diabéticos, lo
importante era el papel moneda que ellos le proporcionaban. Claro, era un
pastel horneado con muchos enemigos; tenía demasiado poder.
Lola Gomosa, con su despampanante colorante
rojo, se encontraba en el cuartel general de la policía. La algarabía reinaba
en el viejo edificio abarrotado de donas. Lola contemplaba el ir y venir de las
mismas, las de chispitas discutiendo con las de arequipe, las de chocolate
enfrascadas en el papeleo. “¿Dónde
estará el carajo este?”, el carajo este era nada más y nada menos que Donatelo,
el chivo del cuartel.
-Disculpe, busco a Donatelo- Explicó a una
dona que pasaba con cara de asustada.
-2da planta, a mano izquierda. Puerta 214.
Y sin más que decir, siguió su rumbo. Lola
se encaminó en la búsqueda del hombre, sus razones eran simples, él quería
atrapar a Jengibrin, ella sabía dónde encontrarlo. Seductora y perspicaz, pero
más que nada, vengativa. Esa era Lola, ningún cliente que se negaba a pagarle
se quedaba impune. Entró con parsimonia a la oficina.
-Bom dia, O meu senhor Donatelo. –Le dijo
en un portugués perfecto. No era la primera vez que Lola se pasaba por aquella
oficina, los policías eran buenos clientes, y Donatelo no era la excepción.
-¡Mierda! ¿Qué coño haces aquí?- La
expresión usualmente serena de Donatelo había cambiado por una desesperada.
-Mira, vayamos al grano. Sé dónde está el
hombre que buscas. La solución es sencilla, tú me pagas, y yo te llevo a donde
la galletica más solicitada. ¿Te parece?
Donatelo pareció titubear un momento, pero
conocía bien a Lola Gomosa, inmigrante de Brasil, una mujer de contactos y
voluntad casi férrea.
La piscina de Nutella apartaba cualquier
mal pensamiento de la mente de Jengibrin. Lo vitalizaba, le daba fuerza para
seguir en la vida criminal que había elegido. La canción de fergalicious le
indicaba que había una llamada entrante.
-¿Aló?
-¿Jengibre? ¿Dónde estás? Marico van por
ti, ¡la zorra de Lola habló!-Colgó. La
voz trémula del “Chupe” le indicaba a
Jengibre que estaba jodido.
“Esa puta” se dijo para sus adentros, no
disponía de mucho tiempo, tomó un paquete de M&M’s, eso bastaría para unos
meses en el extranjero. Llamó a una
agencia de viajes, un pequeño viaje a Colombia sería más que suficiente. No
tenía documentos que lo delataran, siempre estaba preparado para una huida rápida.
A través de un altavoz logró escuchar:
“¡JENGIBRIN QUEDA ARRESTADO POR TRÁFICO
ILEGAL DE AZÚCAR!” Esta vez la suerte
estaba echada. Tendría al menos 20 minutos antes de que la policía lograra
burlar las defensas de su “casita Savoy”. El esfuerzo de años se había visto
destruido en cuestión de segundos por una goma prepago, por un momento de
tacañería y soberbia. Tenía dos opciones: entregarse o morir. “No, primero
muerto que bañado en sangre” se dijo a sí mismo. Si había un rasgo que
caracterizaba a Jengibrin era su orgullo. Recordó su niñez, cuando era una
pequeña galleta cuya única ambición era comprarse una serpiente de trululu.
Cuando asistió al Instituto Universitario “Galletas de América”. O cuando se
compró su primer auto “Ferrero Rocher”. Tomó una taza de café hirviendo, la
contempló y se vio a sí mismo como un Samurái que, si bien no se arrancaba sus
dulces entrañas, moriría con honor. Los disparos de Toronto amenazaban con
destruir su gloriosa mansión, estaban cerca. Maldijo a Lola Gomosa, y juró que
la arrastraría consigo desde el más allá. Cerró los ojos y se sumergió en las
oscuras aguas de la cafeína.

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