Jimmy tiene 7 años. Cabellos castaños, y ojos
grises. Según Esther, su madre, “es igualito a su papá” Es obvio, Jimmy no
puede parecerse a Jesucristo. “Mira Esther, ese carajito está loco e’ bolas, se
la pasa leyendo todo el día y no juega con sus amiguitos” afirma la tía Ramona,
solterona con 43 años y viviendo con ocho gatos. Jimmy a su corta edad ha
transitado por los consultorios de psicólogos, pediatras, y en última
instancia, santeros y curanderos. Ninguno tiene una explicación para la extraña
incapacidad de James de soñar.
Jimmy tiene 15 años. Es un larguirucho
introvertido con complejos de Holden Caulfield. Esther piensa que su hijo es
autista, a pesar de que ningún médico lo ha confirmado. No tiene muchos amigos,
lo tildan de raro y satánico. Nunca ha experimentado una pesadilla, para él
dormir no tiene nada de especial. Asiste a terapia todas las semanas, le miente
a la señorita Raquel, diciéndole que tiene sueños en los cuales vuela. Porque
todos sus conocidos han soñado con volar.
James tiene 21 años. Lector compulsivo y frío
emocionalmente. Sigue asistiendo constantemente a terapias. Es una persona
maniaca y obsesiva. Una persona conflictiva incapaz de soñar. Incapaz de
compartir sus experiencias sobre el mundo del subconsciente, un completo inútil
en el arte de interpretar fantasías y jugar lotería con el libro “Interprete
sus sueños”.
-¿Jimmy? Mira lo que te compré… Es un “atrapa
sueños”. Dicen que filtra los sueños de las personas, y las pesadillas quedan
atrapadas. ¿Por qué no lo pruebas mi’jo? A lo mejor es lo que te hace falta, a
ver si quitas esa constante cara de culo.
-Coño Esther, siempre andas inventando con
tus vainas de santería y brujos. Te voy a buscar un marido para que dejes de
joder.
*Un sartén vuela sin control rumbo al rostro
de James* Acierta.
“¿Cómo voy atrapar algo que no tengo?”
cavilaba en su cama, en su habitación teñida de rojo cereza. Fue entonces,
cuando una idea loca surgió en su cabeza, bien sea por el sartén propinado por
la zurda de Esther, o porque su desesperación no daba para más. Robaría los
sueños de su madre con el atrapa sueños, para luego implantarlos en sí mismo. Entró,
silencioso y furtivo a la habitación continua, donde descansaba su madre, con
la boca abierta y cubierta de baba. Vaciló por un momento, aquello era absurdo.
Se estaba convirtiendo en su madre, una supersticiosa creyente de todo lo que
los brujos dijeran. Pensó que no perdería nada, así que tomó firmemente el
atrapa sueños, y en un rápido gesto, lo pasó por sobre la cabeza de Esther.
Salió de la habitación, reprochándose que aquello era tonto. Colgó el atrapa
sueños, y mientras lo observaba, su mente se desconectó.
Se vio a sí mismo en un museo, rodeado de
personas que no podía reconocer, y sintió un gran peso en su espalda. Era una
sombra inmensa que se cernía sobre él, llenándolo de una inmensa tristeza y
desesperación. Jimmy corrió, pero le fue casi imposible, vio a un horrible
demonio de color rojo sangre que se burlaba constantemente de él. Despertó. El
sudor recorría su rostro, era la primera vez en veintiún años que experimentaba
un sueño, más específicamente, una pesadilla.
Impresionado por el éxito de su experimento, se sintió eufórico, lleno
de vida, y por primera vez, normal. Ese día decidió no contarle a Esther,
primero muerto que darle la razón a su madre. Durante las siguientes noches
hizo lo mismo, se escabullía a la habitación, y robaba los sueños de su
progenitora. Soñó que compraba una boutique, un yate, una mansión y volaba
sobre un dragón de siete cabezas. “Que absurdos son los sueños de esta mujer”
pensó para sí. Pero con el pasar de los días, se fue aburriendo, los sueños de
Esther eran simplones y básicos. Así que decidió despojar a otros de sus
ensoñaciones.
Fue así como hurtó los sueños de prostitutas,
niños, ancianos, abogados, heladeros y buhoneros. Tuvo relaciones con Christina
Aguilera, fue el rey de Babilonia, asistió a los más grandes partidos de fútbol
del mundo, vivió crueles desastres naturales y aprendió a volar. Aunque ahora
era una persona “normal”, el hecho de no tener una identidad propia le
atormentaba, aquellos no eran sus sueños, eran los deseos y temores de otras
personas a las que apenas conocía. Sintió rabia hacia sí mismo, pero más hacia
los otros, por ser soñadores capaces de imaginar y crear situaciones irreales,
mientras él sólo lograba vivirlas a través de los libros. Desde ese día juró
transmitir su maldición a todos aquellos ilusos, sustraería sus sueños más
hermosos y los sustituiría por pesadillas infernales…
“Y
esa noche, el barón soñó infinidad de desgracias”

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