Es inevitable
recordar el perfume de la mujer que me dejó sin explicaciones. Quizás peco de
soberbia, pero aún no entiendo como “la negra” pudo dejarme. Tal vez no soy
perfecta, pero al menos le dedicaba tiempo, le hacía cariñito e incluso me
ponía a jugar pendejamente con ella. Ese triste 5 de noviembre me desperté como
de costumbre, deserpeinada (no despeinada, deserpeinada). Fui por mi
tradicional taza de azúcar, perdón, café. Sí, mi taza de café. Noté que algo me
faltaba, mi mujer, la incondicional. Quizás fuese mi paranoia, mis excesos y
obsesión con el culto al cuerpo. Quizás me apliqué mucho polvo, mucho rímel, yo
qué coño se.
Salí con
desesperación a buscarla en todas partes, en el Mc Café que frecuentábamos los
fines de semana, en el metro con su multitud de locos y drogomanos, en el baño,
coño no buscarla en el baño hubiese sido un acto de insensatez. En el charquito
de agua sucia de planta baja. Nada, ella se había ido. Sin notas, sin mensajes,
sin un tweet. Ella se fue, y se fue demasiado. Le pregunté a Raimundo y todo el
mundo si la habían visto por algún lugar, con su tradicional camisa negra, jean
y converse negras. Ni siquiera mi vecina, esa vieja fea y arrugada de tetas
caídas la vio salir de casa.
Desde entonces, he
tratado de encontrarme en otras personas. He olvidado quien soy realmente. Da
igual si uso zapatos verdes con camisas fucsias. Sin la negra viéndome tomar
café, leyendo en voz alta “El Intruso” de H.P Lovecraft, algo en mí estaba
incompleto. Y desde entonces, me comparo con Peter Pan, que busca su rebelde
sombra, la diferencia radica en que yo busco a mi revoltoso reflejo. Yo soy una
adicta, una adicta que cuando se ve frente a un espejo, no ve más que “la fina
y tersa superficie de un cristal pulido”.

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